Por Manolo Fernández D., MV, MSc, PhD h.c.
Hablar con total certidumbre sobre la magnitud exacta de un fenómeno climático meses antes de que ocurra siempre es un terreno resbaladizo, pero la ciencia, la historia y la geografía nos dan alarmas ensordecedoras que convierten la probabilidad de desastre en una certeza casi matemática para el cierre de este año.
El fenómeno de El Niño que estamos viviendo este 2026 no es un evento aislado, sino una sincronización perfecta y peligrosa de dos dinámicas: El Niño Costero, que mantiene caliente el mar frente a nuestras playas desde marzo, y El Niño Global, que desde junio viene inyectando una masa inmensa de agua cálida desde el Pacífico Central. Esta evolución concatenada significa que el océano ha acumulado un exceso de energía térmica sin precedentes que se monta sobre la tendencia del calentamiento global.
Respondiendo a las leyes de la termodinámica, a mayor temperatura marina habrá mayor evaporación, un "combustible" térmico que alcanzará su pico de intensidad entre noviembre y diciembre de 2026, transformándose inevitablemente en lluvias torrenciales y alteraciones climáticas extremas.
El impacto de este motor térmico no será uniforme, sino que golpeará al Perú de manera diferenciada y simultánea, interactuando con la geografía que actúa como los verdaderos multiplicadores del desastre.
En la costa norte, particularmente en Tumbes, Piura, Lambayeque y La Libertad, el impacto será directo y de carácter fluvial-catastrófico a partir de diciembre; el mar sobrecalentado generará lluvias de intensidad amazónica sobre ciudades que carecen de drenaje pluvial, provocando inundaciones urbanas masivas, el desborde de ríos principales y el colapso de la infraestructura vial.
Descendiendo hacia la costa y sierra central, que abarca regiones como Áncash, Lima, Ica y Huancavelica, el calentamiento oceánico activará de forma violenta las cuencas medias y altas de los Andes. Cuando las nubes chocan contra la cordillera, se exprimen por completo, lo que se traducirá en la reactivación en cadena de quebradas secas, generando huaicos y deslizamientos de lodo y piedras que cortarán las carreteras interconectadas (como la Carretera Central) y amenazarán los suministros de agua potable.
Es precisamente en esta franja costera (desde el norte hasta Ica) donde se concentra el núcleo de la industria avícola nacional, un sector que sufrirá un impacto devastador debido al estrés térmico y al colapso de la bioseguridad ambiental. Las temperaturas inusualmente altas durante la primavera y el inicio del verano romperán la zona de confort térmico de las aves, forzando un estado de estrés por calor que deprime severamente su sistema inmunitario, compromete la ganancia de peso y dispara el índice de conversión alimenticia.
Además, la humedad extrema del ambiente saturará las camas de los galpones, elevando las concentraciones de amoníaco ambiental, un gas irritante que destruye los cilios del tracto respiratorio superior de las aves y les quita su primera línea de defensa anatómica.
Este escenario de inmunosupresión y daño tisular será el caldo de cultivo perfecto para una crisis sanitaria aviar, alterando drásticamente la ecología y evolución de los virus respiratorios. Bajo estas condiciones de alta humedad, patógenos como el virus de Bronquitis Infecciosa (IBV), el Metapneumovirus aviar (aMPV), Laringotraqueitis, cepas de la Enfermedad de Newcastle, etc., encontrarán una vía libre para una replicación acelerada y una transmisión horizontal mucho más agresiva.
La alta presión viral en zonas densamente pobladas de granjas aumentará la probabilidad de coinfecciones con bacterias oportunistas (como Escherichia coli o Avibacterium), elevando exponencialmente la mortalidad por cuadros respiratorios crónicos. Asimismo, la alteración en las rutas de las aves silvestres migratorias —atraídas por los cambios de temperatura y la generación de nuevos humedales temporales por las lluvias— incrementará críticamente el riesgo de introducción y diseminación de variantes de alta patogenicidad, como la Influenza Aviar (H5N1), desafiando los esquemas de vacunación actuales y exigiendo una respuesta inmunológica de alta homología en el campo.
Mientras la costa norte y central enfrentan inundaciones y alertas rojas biológicas, el fenómeno provocará un escenario radicalmente opuesto en el sur andino, ensañándose con regiones como Puno, Cusco, Arequipa y Apurímac. En esta zona, la alteración de los vientos atmosféricos bloqueará la llegada de humedad de la Amazonía, lo que se traducirá en una sequía severa y prolongada en el Altiplano que destruirá pastizales y afectará críticamente los reservorios de agua.
Finalmente, la Amazonía peruana (Loreto, San Martín y Ucayali) experimentará un comportamiento dual, con incrementos inusuales de temperatura que propiciarán incendios forestales en la ceja de selva y anomalías en los caudales de los grandes ríos que afectarán la navegación fluvial.
Aunque las condiciones meteorológicas más extremas se concentrarán entre octubre y diciembre, los reportes científicos confirman que los efectos e inundaciones se prolongarán durante todo el verano de 2027 (hasta marzo inclusive), configurando una crisis integral que no es un ejercicio de adivinación, sino la crónica de un impacto múltiple e inevitable para el país.
Este Niño es un recordatorio de que la resiliencia no es resistir pasivamente la tormenta, sino aprender a navegarla con ventaja técnica. Si la academia, la industria y el Estado articulan sus capacidades basándose en la evidencia y la bioseguridad, no solo protegeremos la seguridad alimentaria y la estabilidad económica del país, sino que saldremos de esta crisis con un sector productivo más robusto, tecnificado y preparado para el futuro.
La prevención es nuestra mejor inversión, y la acción coordinada es nuestra mayor fortaleza.
Fuente: CanalB
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