Opinión

La política y la verdad: ¿promesas o mentiras?; por Rafael de la Piedra

Publicado el 27 de febrero de 2026

Por Rafael Guillermo de la Piedra Seminario

 

La campaña electoral peruana 2026 parece, por momentos, más un espectáculo circense de promesas estrafalarias que un debate serio sobre políticas públicas. Muchas no resisten un mínimo análisis técnico; otras, sencillamente, bordean lo caricaturesco.

 

Un candidato ha propuesto cárceles vigiladas por serpientes venenosas (shushupes) como método de contención de delincuentes, sugiriendo su despliegue en la selva como si se tratara de “barreras naturales”. Se ha planteado nuevamente la creación de una criptomoneda peruana respaldada por oro informal, como si la estabilidad monetaria pudiera sostenerse sobre titulares llamativos. Se habla de trasladar la capital a otra región y construir catorce aeropuertos en cinco años, de expulsiones aceleradas en barcos para quienes no regularicen su situación migratoria, de eliminar o restaurar instituciones según conveniencia coyuntural. Una de las propuestas más alucinadas es otorgar DNI a niños aún no nacidos.

 

En paralelo, surgen programas como “Chamba Z” para jóvenes o “Chamba 65” para adultos mayores, acompañados por la propuesta de un Consejo Nacional de la Moral Pública para combatir la corrupción. Suenan bien, pero el problema es que muchas de estas iniciativas no resistirían un mínimo análisis técnico, jurídico o presupuestal.

 

Son “cantos de sirena”, “engaña muchachos”, sin anclaje verificable. No es exagerado recordar la sentencia bíblica: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Lo que escuchamos hoy reproduce patrones de campañas pasadas, promesas exageradas, simplificaciones temerarias, apelaciones a lo emocional y, en no pocos casos, distorsiones abiertas de la realidad. La historia reciente del Perú confirma que el problema no es solo prometer demasiado, sino prometer lo imposible y gobernar luego sobre la peligrosa frustración colectiva de las personas.

 

¿Qué es la verdad?

 

La pregunta por la verdad no es un juego retórico; es la base de todo pensamiento racional y de toda convivencia política sana. En Juan 18:38, Poncio Pilato pregunta: “¿qué es la verdad?”. No es una curiosidad filosófica aislada: es una pregunta formulada en el corazón mismo del poder. En la tradición clásica, Aristóteles entendía la verdad como la correspondencia entre lo que afirmamos y lo que es. Tomás de Aquino lo formuló con precisión: veritas est adaequatio intellectus et rei, la adecuación del entendimiento a la realidad.

 

Más tarde, Ludwig Wittgenstein sostuvo que el lenguaje tiene una estructura lógica que “figura” el mundo: una proposición es verdadera cuando guarda correspondencia con la realidad que describe. Y Martin Heidegger habló de la verdad como desocultamiento, como aquello que se muestra cuando retiramos las capas de apariencia.

 

En todos los casos, el núcleo es el mismo: la verdad no es lo que impacta, no es lo que genera aplausos, no es lo que se viraliza. Es lo que se ajusta a la realidad. Y la política, si quiere ser algo más que espectáculo, necesita ese ajuste constante con lo real: con las capacidades institucionales, con las limitaciones económicas, con las complejidades sociales y culturales que no caben en un eslogan publicitario. Si esto es así, la política no puede construirse sobre la ficción deliberada.

 

La política en su sentido clásico

 

Para Aristóteles, el ser humano es un zoon politikon, un animal político que solo alcanza su plenitud en la vida de la polis. La política no es marketing. No es espectáculo. No es manipulación emocional. Es la organización racional de la vida común orientada al bien común.

 

Puede sonar utópico. Pero eso debería ser. Cuando la política se alimenta de slogans vacíos —reducir impuestos de inmediato sin explicar cómo sostener el gasto público, prometer transformaciones económicas sin mecanismos claros, ofrecer soluciones instantáneas a problemas estructurales— pierde su dimensión racional y se convierte en una arena donde lo decisivo es el titular del día siguiente.

 

Aquí resulta iluminadora la reflexión de Hannah Arendt, quien advertía en su ensayo Verdad y política que: “La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y si no se respetan los hechos mismos.” Arendt comprendió algo esencial: la política puede debatir opiniones, pero no puede sobrevivir si destruye los hechos. Cuando los hechos se relativizan y la verdad se convierte en accesorio, el espacio público se vacía de contenido y se llena de ruido vacío.

 

La necesidad del sentido crítico

 

La verdad no es un lujo intelectual; es el fundamento ético del voto. Cuando los ciudadanos votan sin conocer—sin contrastar datos, sin examinar coherencias, sin preguntar por la viabilidad real de lo prometido— dejan de ejercer su racionalidad política y se convierten en consumidores de emoción.

 

Basta observar lo que ocurre en varios países vecinos. Incluso en el país más poderoso del planeta, los excesos discursivos, las narrativas simplificadoras y las promesas de “hacerlo grande de nuevo” plantean preguntas inevitables: ¿a qué precio?, ¿con qué costos institucionales?, ¿sobre qué base factual?

 

Sin educación crítica, la política degenera fácilmente en polarización y espectáculo. Por eso la educación integral es decisiva. No basta transmitir información, ni con formar competencias instrumentales. La educación debe formar juicio. Debe enseñar a analizar cifras, a comprender instituciones, a distinguir entre retórica y el marco institucional, entre promesa viable y fantasía electoral. Una educación verdaderamente humanista no solo entrega datos; entrega criterios. No solo informa; forma. Nos enseña a pensar por nosotros mismos.

 

La verdad se impone

 

Si la política se separa de la verdad, se convierte en pura narrativa de poder desligada de los hechos. La lógica del espectáculo —amplificada por redes sociales y espacios de atención cada vez más breves— nos arrastra a repetir promesas vacuas y decepciones recurrentes. La verdad termina imponiéndose: en la economía, en la institucionalidad, en las consecuencias que recaen sobre los ciudadanos.

 

La democracia no se debilita únicamente por la mediocridad de algunos gobernantes; se debilita, sobre todo, cuando los ciudadanos renuncian a pensar. Cuando el voto se convierte en reacción emocional y no en juicio racional, la política deja de ser deliberación y se transforma en espectáculo. Recuperar la verdad no es una nostalgia filosófica ni una ingenuidad moral: es la condición mínima para que la libertad no termine convertida en manipulación. En el Perú de hoy, votar con verdad no es solo un derecho; es un acto de responsabilidad histórica.

 

Referencias bibliográficas

  • Aristóteles, Política, Libro I.
  • Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q.16.
  • Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus.
  • Martin Heidegger, Ser y tiempo.
  • Hannah Arendt, “Verdad y política”, en Entre el pasado y el futuro.
  • Biblia, Evangelio según San Juan 18, 38; Eclesiastés 1, 9.

 

 

 

Fuente: CanalB

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