Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público
“Morir dos veces como nación”
Hace exactamente seis años, el Perú atravesó el mayor colapso sanitario, social y moral de toda su historia republicana moderna. Ningún otro acontecimiento, ni siquiera las crisis económicas recurrentes ni los escándalos políticos que tanto han marcado nuestra vida pública, desnudó de manera tan cruda y brutal las falencias estructurales de nuestro Estado como la pandemia por COVID-19.
El Perú tuvo la mayor tasa de mortalidad por millón de habitantes en el mundo. Cerca de 221 mil peruanos murieron. Esta cifra, más allá de su dimensión estadística, representa una tragedia nacional de proporciones históricas. Pero también representa algo aún más grave: evidencia el fracaso estructural de nuestro sistema sanitario y de nuestro modelo de organización estatal.
Pero la pandemia no solo evidenció el fracaso estructural de nuestro sistema sanitario y de nuestro modelo de organización estatal. También dejó al descubierto algo aún más perturbador: la dramática insuficiencia moral, la incapacidad técnica y, en muchos casos, la negligencia inexcusable de quienes tenían la responsabilidad de conducir el destino de la nación en su hora más oscura. El Estado peruano no colapsó únicamente por la fragilidad de sus instituciones, sino por la debilidad de sus conductores. Decisiones tardías, medidas improvisadas, ausencia de planificación estratégica, abandono del primer nivel de atención y una alarmante desconexión con la realidad territorial del país contribuyeron a agravar una tragedia que, en gran medida, pudo haberse mitigado. La historia deberá juzgar con serenidad, pero también con firmeza, la responsabilidad de quienes, investidos de autoridad, no estuvieron a la altura del deber que les impuso la nación.
Si el sistema de salud peruano hubiese funcionado siquiera a un nivel aceptable, comparable al de países como Chile, Colombia o incluso Ecuador, más de 100 mil peruanos no habrían muerto. Esa es una verdad dura, incómoda, pero ineludible. Y sin embargo, hoy casi nadie la menciona. Como sociedad, hemos optado por el olvido, quizás como un mecanismo de defensa frente al trauma colectivo que sufrimos.
Pero la muerte no fue la única consecuencia.
Millones de peruanos enfermaron psicológicamente. El aislamiento, el miedo, la pérdida de seres queridos, la incertidumbre económica y la ruptura del tejido social dejaron secuelas profundas que aún no han sido plenamente medidas ni comprendidas. El aumento de los trastornos de ansiedad, depresión y otras enfermedades mentales que hoy observamos no puede entenderse sin ese antecedente traumático. La pandemia no solo atacó nuestros cuerpos; atacó nuestra estructura emocional como sociedad.
A ello se sumó el colapso económico más severo desde la Guerra del Pacífico, hace casi ciento cincuenta años. La pobreza monetaria aumentó dramáticamente, pasando de aproximadamente 22% a cerca del 30%. Millones de peruanos regresaron a la condición de pobreza. La pobreza multidimensional —aquella que mide no solo ingresos, sino acceso a salud, educación y condiciones dignas de vida— se expandió silenciosamente por todo el territorio nacional.
El Perú sufrió, en un periodo brevísimo, un verdadero cataclismo estructural.
Pero quizás la secuela más profunda ha sido la desestructuración institucional y moral del Estado y de la nación. La fragmentación política, la pérdida de legitimidad de las instituciones, la crisis de los partidos, la atomización de la representación y la erosión de la confianza pública no pueden entenderse plenamente sin considerar el impacto desintegrador de la pandemia.
Como ocurrió después de la Guerra del Pacífico, el Perú emergió de esta crisis no solo empobrecido, sino desarticulado.
Las grandes crisis de las naciones son siempre multifactoriales. No tienen una sola causa. Pero siempre existe un evento desencadenante que acelera, precipita y expone todas las debilidades acumuladas. Para el Perú contemporáneo, ese evento fue el año 2020.
Y sin embargo, toda crisis encierra también una lección.
La principal lección que nos dejó la pandemia es que el verdadero escudo de una nación no son sus hospitales, ni sus unidades de cuidados intensivos, ni sus respiradores mecánicos. Es su sistema de atención primaria de salud. Es su capacidad de actuar preventivamente en el territorio, en el barrio, en la comunidad, en el hogar.
Los países que protegieron eficazmente a sus poblaciones durante la pandemia no lo hicieron porque tenían más hospitales, sino porque tenían sistemas de salud territorializados, articulados y preventivos. Corea del Sur, Costa Rica, Alemania o incluso Chile lograron contener mejor el impacto porque su primer nivel de atención estaba estructurado, organizado y conectado con sus comunidades.
El Perú, en cambio, tenía un sistema fragmentado, centralizado y desvinculado del territorio.
Nuestros centros de salud carecían de articulación funcional con las autoridades locales. Nuestros municipios, que conocen mejor que nadie la realidad sanitaria de sus comunidades, no estaban integrados estructuralmente en la estrategia sanitaria nacional. El Estado peruano, en la práctica, no tenía presencia efectiva en el territorio cuando más se le necesitaba.
Esta es la lección más importante que debemos aprender.
Por ello, la reconstrucción del Perú debe comenzar por la reconstrucción de su sistema de atención primaria de salud. Es imprescindible crear el Viceministerio de Atención Primaria de Salud que articule de manera estructural, normativa y operativa al Ministerio de Salud con las municipalidades distritales. Esta integración permitiría territorializar la acción sanitaria del Estado, identificar oportunamente los factores de riesgo, intervenir preventivamente en las comunidades y fortalecer el capital humano nacional desde su base.
La salud no se construye en los hospitales. Se construye en los hogares, en los barrios y en las comunidades.
La evidencia internacional es clara. Los países que lograron mayores niveles de desarrollo económico y social —Corea del Sur, Japón, Costa Rica, España— lo hicieron sobre la base de sistemas sólidos de atención primaria territorializada. Entendieron que el capital humano es el activo más importante de una nación, y que este se construye desde la prevención, no desde el tratamiento tardío de la enfermedad.
Esta propuesta no resolverá, por sí sola, todos los problemas derivados del cataclismo del 2020. Ninguna reforma aislada podría hacerlo. Pero incide en el factor más importante de todos: el capital humano. Incide en la salud, en la prevención, en la nutrición, en el desarrollo infantil, en la estabilidad social y en la productividad nacional.
No miramos el pasado para quedarnos en él. Miramos el pasado para aprender de él. Para comprender nuestras debilidades. Para corregir nuestros errores. Para construir, con lucidez y determinación, el camino hacia el futuro.
El Perú no necesita simplemente recuperarse.
Necesita reconstruirse.
Y esa reconstrucción debe comenzar donde comienza la vida misma de la nación: en la salud de su pueblo.
Fuente: CanalB
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