Opinión

Jerí y la conexión china; por Augusto Cáceres Viñas

Publicado el 19 de enero de 2026

Cuando el poder se reúne en la sombra
No fue una reunión casual. Fue una señal.


Por Augusto Cáceres Viñas


Al igual que Pedro Castillo en su momento, José Jerí optó por la clandestinidad, el disfraz y la noche. Totalmente encapuchado, lejos de cualquier acto oficial y sin explicación institucional alguna, se reunió en un chifa, entre gallos y medianoche, con un influyente empresario chino. No fue una coincidencia ni una comida inocente. Fue una escena profundamente reveladora del estado moral de la política peruana.


El empresario en cuestión no es un desconocido ni un simple restaurantero. Se trata de Zhihua Yang, ciudadano chino que llegó al Perú hace aproximadamente 25 años y que, en un lapso sorprendentemente corto, acumuló un patrimonio significativo, múltiples empresas y una posición de influencia relevante como articulador y representante informal de intereses empresariales chinos en el país.


El empresario y el Estado


Zhihua Yang figura como propietario o accionista de al menos 16 empresas, entre constructoras, inmobiliarias, comercializadoras de maquinaria pesada, centros comerciales y restaurantes. Dos de ellas —América Sam y Construcciones Capón— han sido proveedoras del Estado peruano, con contratos que superan los S/ 6.6 millones en conjunto.


Pero su operación más relevante no es comercial, sino estratégica.


En febrero de 2023, el Ministerio de Energía y Minas adjudicó a Hidroeléctrica América, empresa vinculada a Yang, la concesión de la central hidroeléctrica Pachachaca 2, en Apurímac, con una inversión comprometida de US$ 24.4 millones.


Según el contrato, las obras debían iniciar el 1 de mayo de 2023 y culminar el 1 de mayo de 2026. Sin embargo, el proyecto nunca avanzó. De acuerdo con el último informe del Osinergmin, el 27 de octubre de 2025 se informó oficialmente que la obra continúa paralizada.
 

La pregunta es inevitable:
¿Desconocía José Jerí esta situación?


Difícil creerlo.


Jerí se reunió con este empresario en reiteradas ocasiones: cuando fue congresista, cuando presidió la Comisión de Presupuesto y cuando ocupó la Presidencia del Congreso. No eran encuentros sociales ni gastronómicos. No acudía un “chifero”, sino un operador empresarial con intereses concretos.


Un patrón, no un hecho aislado


Este episodio no es menor. Es síntoma de algo mucho más profundo.


Desde 1992, cuando el Estado peruano entregó Hierro Perú y el puerto de Marcona a la empresa estatal china Shougang, el país ha experimentado una penetración sostenida y creciente de capitales chinos en sectores estratégicos: minería, pesca, energía, construcción y puertos.


Marcona fue el inicio.


Las Bambas, Toromocho y el corredor minero, la consolidación.


El puerto de Chancay, el salto geopolítico.


El denominador común ha sido siempre el mismo:
contratos mal negociados, inversiones incumplidas, conflictos sociales, captura institucional y beneficios claramente asimétricos.


El “club de las constructoras chinas”


Tras el colapso de Odebrecht y el llamado “club de la construcción”, el Estado peruano quedó sin grandes operadores nacionales para ejecutar infraestructura. Ese vacío fue ocupado rápidamente por constructoras chinas, respaldadas por bancos estatales, avales imposibles de igualar y apoyo diplomático directo.


Así nació, en la práctica, el club de las constructoras chinas.


Desde 2018, múltiples investigaciones, informes y procesos administrativos han documentado obras paralizadas, contratos incumplidos, proveedores impagos y perjuicios multimillonarios al Estado, con pérdidas que se cuentan en miles de millones de soles. No se trata de errores aislados, sino de un mecanismo sistemático de captura de la obra pública.


El problema no es China como pueblo


Conviene decirlo con claridad:
el problema no es el pueblo chino.


El problema es el Estado chino, una dictadura comunista que utiliza sus empresas —muchas formalmente privadas, pero estratégicamente subordinadas— como instrumentos de expansión económica, política y geopolítica, especialmente en países con instituciones débiles.


Y el problema, sobre todo, son los políticos peruanos que facilitan esa penetración con reuniones oscuras, silencios cómplices y decisiones opacas.


Jerí como símbolo


José Jerí no es el origen del problema, pero sí es su rostro más reciente. Representa una larga cadena de autoridades que confundieron representación con servilismo, y que terminaron actuando como intermediarios de intereses ajenos al Perú.


Por eso, su permanencia en el cargo resulta política y éticamente insostenible. Debe apartarse para ser investigado a fondo, sin privilegios ni miramientos.


Pero la responsabilidad no termina allí.


Las empresas corruptoras —sean chinas, brasileñas, peruanas o de cualquier nacionalidad— deben ser investigadas, sancionadas y, de ser el caso, excluidas del Estado. La impunidad de los grandes corruptores ha sido una de las mayores tragedias del Perú contemporáneo.


Conclusión


Mientras millones de peruanos viven en pobreza, mientras la anemia infantil persiste y la incertidumbre se instala como norma, el poder sigue reuniéndose en la sombra.


El Perú no puede iniciar un nuevo ciclo sin una revolución moral y ética que ponga fin —o al menos inicie el principio del fin— de esta corrupción estructural.


Jerí no es una anécdota.


Es una advertencia.


Y esta vez, no podemos darnos el lujo de no aprender.

 

 

 

Fuente: CanalB

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