Opinión

La gran contradicción: creemos en la eternidad, pero luchamos por no morir

Publicado el 21 de septiembre de 2026

Por Manolo Fernandez D., MV, MSC, PhD h.c.

 

Hay una pregunta incómoda que atraviesa silenciosamente miles de años de religión, filosofía y existencia humana: si estamos convencidos de que después de la muerte nos espera algo mejor, ¿por qué hacemos absolutamente todo lo posible por no morir? Si después de esta vida existe la gloria, la paz eterna, el paraíso, la liberación del sufrimiento o una existencia infinitamente superior, ¿por qué nos aferramos con tanta fuerza a estos pocos años de vida en la Tierra?

 

La pregunta se vuelve todavía más provocadora cuando observamos a quienes han consagrado su existencia precisamente a predicar la trascendencia. Sacerdotes, clérigos, monjes, budistas, musulmanes y creyentes de prácticamente todas las tradiciones religiosas pueden llorar ante la muerte, angustiarse frente a una enfermedad grave, temer cuando su existencia está amenazada y recurrir a médicos, hospitales, medicamentos y todos los recursos disponibles para prolongar su permanencia en este mundo.

 

No necesariamente porque su fe sea falsa, sino porque debajo de cualquier religión continúa existiendo un ser vivo, y la vida posee una orden muchísimo más antigua que cualquier templo, cualquier escritura y cualquier civilización: SOBREVIVIR.

 

Antes de que existieran religiones, antes de que el ser humano pronunciara la primera palabra, antes incluso de que apareciera nuestra especie, la vida ya llevaba miles de millones de años haciendo exactamente lo mismo: persistir, reproducirse, adaptarse y transmitir información biológica a la siguiente generación. Esa historia está escrita en nosotros, está en nuestro ADN.

 

La preservación de la vida y la reproducción están profundamente inscritas en nuestra biología y en los programas heredados que han sido moldeados por la selección natural. No somos simplemente una conciencia que decidió querer vivir. Somos descendientes de una cadena ininterrumpida de organismos que lograron sobrevivir y reproducirse.

 

Cada uno de nosotros existe porque, generación tras generación, nuestros antepasados sobrevivieron el tiempo suficiente para transmitir la vida. Por eso, cuando aparece el peligro, el organismo no organiza primero un debate filosófico. Actúa. El corazón se acelera, la respiración cambia, las hormonas del estrés se liberan, los músculos se preparan, el cerebro concentra su atención en la amenaza. El cuerpo entero parece pronunciar una sola palabra: VIVE.

 

Esto no pertenece exclusivamente al ser humano. Lo encontramos, bajo formas extraordinariamente diferentes, a lo largo de todo el mundo viviente. Un animal huye del depredador, una planta orienta su crecimiento hacia la luz y despliega respuestas frente al daño y al estrés, una bacteria activa mecanismos que le permiten resistir condiciones adversas, obtener nutrientes, reparar daños o formar estructuras comunitarias.

 

Incluso en el límite mismo de lo que llamamos vida encontramos algo fascinante: los virus no sienten miedo ni poseen voluntad de sobrevivir; muchos ni siquiera tienen ADN, sino ARN. Sin embargo, cuando encuentran una célula susceptible, su información genética puede replicarse, generar descendencia y, mediante mutación y selección natural, producir variantes que persisten con mayor eficacia.

 

No existe allí una conciencia diciendo «quiero vivir», pero el resultado evolutivo es extraordinariamente parecido: lo que consigue replicarse y persistir continúa; lo que no, desaparece. Ese principio es brutalmente sencillo.

 

La vida que contemplamos hoy es, en gran medida, descendiente de aquello que consiguió continuar, y nosotros somos parte de esa historia. Por eso, quizá exista una fuerza dentro del ser humano que ninguna doctrina puede borrar completamente.

 

  • Podemos enseñar al cerebro que existe un paraíso.
  • Podemos convencer a nuestra razón de que la muerte no representa el final.
  • Podemos dedicar cincuenta años a predicar la eternidad.
  • Pero cuando la muerte aparece verdaderamente frente a nosotros, millones de años de evolución pueden responder antes que nuestra filosofía: TODAVÍA NO.

 

Aquí aparece la gran paradoja: la religión puede decirnos que «existe algo después», pero nuestra biología responde: «permanece aquí». La conciencia puede imaginar la eternidad, pero el organismo solo conoce la extraordinaria experiencia de estar vivo.

 

Y quizá por eso una cosa es hablar serenamente sobre la muerte cuando se está lejos y otra muy diferente escuchar que nuestra propia vida puede terminar, porque creer no es lo mismo que saber.

 

Podemos tener una fe extraordinariamente profunda y, sin embargo, jamás hemos experimentado directamente aquello que creemos que existe después de morir. Conocemos esta vida, conocemos el rostro de nuestros hijos, conocemos un abrazo, conocemos el amanecer, el dolor, el placer, la amistad, el amor.

 

Del más allá podemos tener fe, esperanza, testimonios, escrituras y convicciones. Pero seguimos enfrentándonos a una frontera que ningún ser humano vivo puede atravesar: regresar después de la muerte y convertir esa experiencia en algo universalmente verificable. Y allí aparece inevitablemente la incertidumbre.

 

Por eso, el sacerdote continúa siendo hombre, el monje continúa siendo un organismo vivo, el científico también, el ateo también, el creyente también. Todos llevamos dentro una historia biológica muchísimo más antigua que nuestras diferencias filosóficas.

 

Quizá, entonces, el miedo a morir no sea necesariamente una derrota de la fe. Quizá sea la demostración de algo todavía más profundo: la extraordinaria fuerza con la que la vida se aferra a sí misma.

 

Y entonces aparece la pregunta verdaderamente incómoda: si supiéramos con absoluta certeza —no por fe, no por esperanza, no porque esté escrito en un libro, sino con la misma certeza con la que sabemos que estamos vivos— que al morir nos espera inmediatamente una existencia infinitamente mejor, ¿seguiríamos luchando con la misma desesperación por permanecer aquí?

 

Esta pregunta enfrenta dos de las fuerzas más poderosas de nuestra existencia: la promesa de la eternidad y el mandato biológico de sobrevivir.

 

La religión intenta responder qué existe después de la muerte, la filosofía pregunta qué significa morir, la ciencia intenta comprender por qué los organismos luchan por persistir, pero ninguna de ellas elimina completamente el misterio.

 

Porque quizá el misterio más grande no sea solamente lo que ocurre después de morir. Quizá el misterio verdaderamente extraordinario sea la pregunta: ¿por qué la vida quiere continuar con tanta fuerza?

 

Somos materia que llegó a comprender que está viva, somos vida que sabe que puede morir, somos biología que creó filosofía, somos organismos que construyeron religiones para enfrentarse al misterio de su propia desaparición.

 

Y aun después de imaginar cielos, paraísos, reencarnaciones y eternidades, cuando sentimos que nuestro último instante puede aproximarse, algo antiquísimo despierta dentro de nosotros y continúa pronunciando la misma orden que la vida ha obedecido durante miles de millones de años: VIVE.

 

Quizá por eso nos aferramos tanto a este mundo, no necesariamente porque no creamos en otro, sino porque antes de aprender a creer en la eternidad ya habíamos aprendido a luchar por la vida.

 

 

 

Fuente: CanalB

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