Opinión

Levantando vuelo; por Alfonso Baella Herrera

Publicado el 24 de abril de 2026

Por Alfonso Baella Herrera

 

La decisión ya está tomada. Después de semanas de vacilaciones, mensajes contradictorios, retrocesos y desplantes, el Perú terminó firmando el contrato más importante de defensa de toda su historia reciente: la adquisición de 24 cazas F-16 Block 70 fabricados por Lockheed Martin.

 

No se trata solamente de aviones. Se trata de una definición de país.

 

Durante años, el Perú arrastró una fuerza aérea envejecida, con plataformas heredadas de otra época, incapaces de responder a las exigencias tecnológicas, geopolíticas y estratégicas del siglo XXI. Mientras nuestros vecinos avanzaban, nosotros seguíamos atrapados entre la nostalgia de los viejos sistemas soviéticos, la improvisación política y la incapacidad de asumir que la defensa nacional no puede depender del humor del gobernante de turno.

 

Por eso lo ocurrido en los últimos días tiene una trascendencia mayor. El presidente interino José María Balcázar intentó frenar la firma alegando que un gobierno transitorio no debía comprometer recursos de semejante magnitud. Pero esa explicación era débil. Porque una política de defensa no pertenece a un gobierno: pertenece al Estado. Y los Estados serios no interrumpen procesos estratégicos de más de una década por cálculos coyunturales o por temor a asumir costos políticos.  

 

La Fuerza Aérea del Perú llevaba más de catorce años trabajando en este proceso. Se evaluaron alternativas francesas, suecas y estadounidenses. Competían el Gripen E/F de Saab, el Rafale F4 de Dassault Aviation y finalmente el F-16 Block 70 norteamericano. Pero la elección final no fue solamente técnica. Fue política, geopolítica y estratégica. El Perú decidió alinearse con Occidente, con los Estados Unidos y con la principal potencia militar, económica y tecnológica del mundo.  

 

Ese es el verdadero fondo de esta compra. Porque cuando un país adquiere una plataforma militar de esta naturaleza no compra únicamente fierros, motores o misiles. Compra interoperabilidad, doctrina, entrenamiento, acceso a tecnología, cooperación industrial, respaldo diplomático y décadas de relación estratégica.

 

El programa contempla 24 aeronaves, con un primer lote de 12 aviones —10 monoplazas F-16C y 2 biplazas F-16D— bajo el esquema de Ventas Militares al Extranjero de los Estados Unidos. El valor total del programa asciende a aproximadamente 3.500 millones de dólares. El paquete incluye radares AESA AN/APG-83, sistemas de guerra electrónica, pods de designación de objetivos, entrenamiento de pilotos, capacitación de técnicos, soporte logístico, repuestos y programas de compensación industrial.  

 

También incluye armamento de primer nivel. El Perú recibirá misiles aire-aire de corto alcance AIM-9X Block II, misiles de largo alcance AIM-120C-8 AMRAAM, radares de barrido electrónico activo, pods de designación AN/AAQ-28 Litening y motores F110-GE-129. El acuerdo incluso contempla la transferencia de un avión cisterna KC-135R y la certificación de SEMAN Perú para tareas de mantenimiento mayor y overhaul.  

 

La importancia de esta decisión va más allá de la Fuerza Aérea. El Perú es hoy un país con activos estratégicos gigantescos: puertos, minería, agroindustria, infraestructura energética, corredores logísticos, proyectos como Puerto de Chancay, los puertos del sur, la minería del cobre, los yacimientos de litio, los gasoductos, la pesca y la agroexportación. Todo eso requiere capacidad de disuasión.

 

Porque un país sin capacidad de defender lo que tiene es un país vulnerable. Y un país vulnerable termina subordinado a los intereses de otros.

 

La firma del contrato también redefine la posición internacional del Perú. A partir de ahora, la relación con los Estados Unidos deja de ser solamente comercial o diplomática. Se convierte en una relación estratégica de largo plazo. Durante décadas, la Fuerza Aérea peruana dependerá de entrenamiento, doctrina, mantenimiento, repuestos y cooperación con Washington. Esa relación consolidará al Perú dentro del eje occidental y lo alejará de tentaciones autoritarias, aventuras geopolíticas ambiguas o dependencias con potencias rivales como China o Rusia.  

 

Por eso la vacilación de Balcázar fue tan grave. Porque estuvo a punto de enviar al mundo la señal de que el Perú no honra sus compromisos, de que improvisa en asuntos estratégicos y de que puede retroceder incluso después de haber transferido partidas presupuestales, cerrado negociaciones y afinado todos los detalles contractuales. Finalmente, se impuso la presión de la Cancillería, del Ministerio de Defensa, de la Fuerza Aérea, de los oficiales en retiro y del sentido común.  

 

No hemos firmado solamente un contrato. Hemos firmado una garantía.

 

La garantía de que el Perú no seguirá mirando el mundo con la lógica de los años setenta. La garantía de que entendemos que la defensa nacional no es un lujo sino una obligación. La garantía de que nuestros puertos, nuestros recursos, nuestras fronteras y nuestro futuro merecen ser protegidos.

 

Y también la garantía de que, por una vez, el peso del patriotismo, de la sensatez y de la visión estratégica logró imponerse sobre la mezquindad de la política pequeña.

 

 

 

Fuente: CanalB

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