Opinión

Los enemigos invisibles de la humanidad; por Manolo Fernández

Publicado el 19 de enero de 2026

Por Manolo Fernández D. MV, MSC, PhD h.c.


Hubo un tiempo en que la humanidad caminaba casi a oscuras. No era solo ignorancia; era un miedo profundo, primitivo, porque la gente enfermaba y moría sin comprender qué la destruía. Caían niños, madres y trabajadores, y lo único posible era resignarse, rezar, esperar. Las enfermedades infecciosas eran el gran monstruo invisible: nadie veía al enemigo, pero todos lo sufrían.

 

En julio de 1885, en París, esa oscuridad se enfrentó a una chispa de esperanza. Un niño de nueve años, Joseph Meister, llegó al laboratorio de Louis Pasteur con el cuerpo marcado por mordeduras profundas. Dos días antes, un perro rabioso lo había atacado, y el diagnóstico era claro: rabia. En esa época, eso equivalía a una sentencia de muerte.

 

Cuando aparecían los síntomas, nadie sobrevivía. La muerte no era rápida; era una agonía desesperante, presenciada por familias impotentes.

 

Su madre lo sabía… y aun así no se rindió. Había oído hablar de un científico que experimentaba con algo nuevo. No tenía certezas, solo el amor feroz de una madre que se niega a aceptar el final. Cruzó Francia con su hijo herido y, frente a Pasteur, no presentó argumentos; presentó un ruego: “Por favor, salve a mi hijo”.

 

Pasteur tenía 62 años, era famoso y respetado, pero en ese instante no estaba ante una teoría, sino ante un niño real. Tenía una vacuna probada en animales, pero nunca en humanos. Y ni siquiera era médico. Si fallaba, podía perderlo todo. Pero si no hacía nada, el niño moriría con seguridad. Consultó a dos médicos: la vacuna era la única oportunidad. Y entonces Pasteur eligió lo que define a los grandes: apostar por la vida.

 

Durante diez días, Joseph recibió inyecciones progresivas para entrenar a su sistema inmune antes de que el virus alcanzara el cerebro. Cada día era una espera tensa. Cada hora, una prueba silenciosa. Pero los síntomas nunca llegaron. Y lo imposible ocurrió: Joseph Meister sobrevivió. No fue magia, fue ciencia. Y con esa victoria, no solo se salvó un niño; se abrió una puerta hacia el futuro, donde la humanidad ya no tendría que vivir completamente a merced de lo invisible.
(Fuente: Instituto Pasteur)

 

Sin embargo, lo más grande que Pasteur le regaló al mundo no fue solo la vacuna. Fue algo aún más profundo: demostró que existían microorganismos invisibles capaces de causar enfermedades, y que podían ser combatidos. Antes de él, muchos creían que las enfermedades nacían del aire viciado, de la mala suerte o de fuerzas misteriosas.

 

Pasteur derribó esas ideas y cambió la medicina para siempre. A partir de ahí, los médicos comenzaron a lavarse las manos, los cirujanos esterilizaron sus instrumentos, se entendió la importancia de la higiene, nació la pasteurización, se abrió la puerta a las vacunas y a los antibióticos. Lo invisible dejó de ser una maldición y se convirtió en un enemigo identificable. Y cuando el ser humano logra conocer y dominar a su enemigo, comienza a tener poder sobre él.

 

Pero el tiempo pasa y los enemigos cambian de rostro. Hoy vivimos en la era de la tecnología, de la inteligencia artificial, de los avances médicos que parecen sacados de la ciencia ficción. Podemos operar con precisión milimétrica, analizar genes, detectar enfermedades con máquinas que aprenden, comunicarnos al instante con cualquier parte del mundo.

 

Y aun así, existe un enemigo que sigue poniendo al ser humano contra la pared, no por falta de inteligencia, sino por el impacto emocional que produce: el cáncer. El cáncer es, en esta época moderna, uno de los grandes enemigos de la salud humana. Y lo más duro es que, aunque sabemos lo que es, aunque la ciencia lo estudia y lo enfrenta, muchas veces lo miramos de lejos como quien observa una sombra en el camino.

 

Nos atemoriza. Nos hace sentir vulnerables. Nos obliga a pensar en lo inevitable.

 

Porque el cáncer no siempre llega como un golpe inmediato. A veces llega en silencio, sin ruido, sin aviso. Se instala como una amenaza que crece dentro del cuerpo mientras la vida sigue afuera. Y entonces el ser humano se convierte en alguien que espera.

 

Espera un diagnóstico, espera un resultado, espera una noticia, espera un tratamiento, espera una oportunidad. Y esa espera puede ser más cruel que el dolor físico, porque es una espera llena de incertidumbre. Es como vivir mirando el horizonte con miedo, pensando si algún día llegará “la hora”.

 

Y esa sensación se parece a la oveja cuando se enfrenta al lobo; no porque sea débil, sino porque sabe que el peligro existe, que puede aparecer en cualquier momento, y que no siempre depende de su voluntad escapar.

 

Sin embargo, sería un error pensar que el gran enemigo de nuestra época es solo el cáncer, como si lo demás hubiera quedado atrás. La verdad es que, aunque la humanidad haya avanzado, las amenazas biológicas no han desaparecido; han evolucionado.

 

Los virus, por ejemplo, no solo enferman; cambian. Mutan. Se adaptan. Aprenden a esquivar lo que antes los detenía. Y cuando producen “escapes inmunológicos”, cuando logran burlar defensas construidas con vacunas o infecciones previas, nos recuerdan una lección incómoda: la naturaleza no se queda quieta.

 

Es como si el enemigo también estudiara, también perfeccionara su estrategia, también buscara nuevas puertas para entrar.

 

Y lo mismo ocurre con las bacterias. Durante décadas creímos que los antibióticos eran la victoria definitiva, el arma absoluta, el final de la guerra. Pero las bacterias, silenciosas y persistentes, han ido volviéndose resistentes.

 

Se han fortalecido frente a nuestros medicamentos, han aprendido a sobrevivir. Y de pronto, enfermedades que parecían controladas regresan con fuerza, como si nos dijeran al oído que la confianza excesiva también puede ser una forma de derrota.

 

La resistencia antimicrobiana no es solo un problema médico; es una advertencia ética. Nos habla del uso indiscriminado, de la falta de conciencia, de la idea equivocada de que siempre habrá una pastilla que lo arregle todo.

 

Entonces, en esta época de inteligencia artificial y tecnología avanzada, vivimos una paradoja: tenemos más herramientas que nunca, pero también enfrentamos enemigos más complejos que nunca. Ya no es solo la enfermedad como un golpe directo; ahora es la enfermedad como un fenómeno que se adapta, que se disfraza, que se vuelve resistente.

 

Es como si el lobo no solo acechara, sino que aprendiera a caminar sin hacer ruido, a cambiar su piel, a esquivar las trampas que le ponemos.

 

Y en medio de todo esto, el ser humano vuelve a quedar en la misma posición existencial: frágil, limitado, mortal. Cambian los nombres —rabia, cáncer, virus mutantes, bacterias resistentes— pero la emoción de fondo es la misma: el miedo a perder la vida y la esperanza de poder salvarla.

 

La gran diferencia es que antes la humanidad temía porque no sabía. Hoy, a veces, la humanidad teme porque sabe demasiado. Sabe que la ciencia avanza, sí, pero también sabe que el enemigo puede adelantarse, transformarse y resistir.

 

Por eso, tal vez la reflexión más poderosa no es solo científica, sino humana: el futuro no dependerá únicamente de máquinas más inteligentes o medicamentos más fuertes, sino de nuestra capacidad de actuar con responsabilidad, con humildad y con valentía.

 

Humildad para entender que no lo controlamos todo. Responsabilidad para no destruir nuestras propias armas con el abuso. Valentía para seguir investigando, previniendo, educando y creando soluciones antes de que el miedo nos paralice.

 

La historia de Joseph Meister nos habla de una época en la que el gran problema eran las enfermedades infecciosas, cuando los microbios eran un misterio y el miedo dominaba. Y al compararla con nuestro tiempo, entendemos que el enemigo cambió, pero la batalla sigue siendo la misma: la lucha entre la vida y la muerte, entre la resignación y la esperanza.

 

Aquel día de 1885, una madre se negó a rendirse y un científico se atrevió a apostar por la vida. Y quizá esa sea la enseñanza que hoy necesitamos más que nunca: que, aunque el lobo cambie de forma, la humanidad también puede cambiar su destino cuando decide no esperar el final, sino construir la posibilidad de un nuevo comienzo.

 

 

 

Fuente: CanalB

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