Por Alfonso Baella Matto, publicado en El Reporte
El JNE ha confirmado los resultados presidenciales de la primera vuelta: Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) son quienes obtuvieron la mayor votación. Y dado que ninguno ha conseguido más de la mitad del total de votos válidos, los veremos disputar una segunda vuelta el próximo 7 de junio.
Faltan apenas veinte días para acudir nuevamente a las urnas. Veinte días para decidir qué rumbo tomará un país agotado por la incertidumbre, la fragmentación política y el deterioro institucional. Porque esta no es solo una elección entre dos candidatos. Es, en buena medida, una confrontación entre dos herencias políticas que han marcado profundamente al Perú contemporáneo.
Roberto Sánchez representa la continuidad política y simbólica del castillismo. Aunque intenta proyectarse como una izquierda moderada y pragmática, su candidatura no puede desligarse del legado de Pedro Castillo: un gobierno improvisado, sin cuadros técnicos, marcado por la inestabilidad ministerial, la confrontación permanente y, finalmente, por el intento fallido de quebrar el orden constitucional el 7 de diciembre de 2022.
Sánchez no solo ha reivindicado políticamente a Castillo; ha prometido incluso indultarlo si llega a Palacio. Ese gesto no es menor. Supone asumir como propia una narrativa que relativiza uno de los episodios más graves de nuestra reciente historia democrática.
Pero la raíz del problema va incluso más allá del castillismo. Sánchez parece intentar revivir un viejo discurso que el Perú ya ha escuchado antes: el del velasquismo reinterpretado bajo nuevas formas. El mismo relato de confrontación social y resentimiento histórico que Pedro Castillo escenificó el 28 de julio de 2021 desde el balcón presidencial: la idea de un país dividido entre opresores y oprimidos, entre Lima y las regiones, entre “los españoles” y “el verdadero pueblo”. Un discurso que, lejos de reconciliar al Perú, profundiza sus fracturas y alimenta la lógica permanente de la confrontación.
El problema no radica únicamente en las simpatías personales o ideológicas. El verdadero riesgo aparece cuando un proyecto político convierte la precariedad institucional en método de gobierno. Y eso fue, precisamente, lo que el Perú experimentó durante el castillismo.
A eso se suma una preocupación adicional: los sectores que hoy rodean a Juntos por el Perú. Etnocaceristas, figuras cercanas al Movadef, personajes vinculados a narrativas de Sendero Luminoso, colectivos progresistas radicales y otras expresiones extremas de la izquierda peruana convergen hoy alrededor de la candidatura de Sánchez.
Y quizá allí aparece una de las mayores contradicciones de esta candidatura. Roberto Sánchez intenta construir la imagen de un hombre provinciano y popular, casi como una continuación estética de Pedro Castillo. Pero detrás de esa narrativa existe una personalidad profundamente distinta.
Sánchez es, en muchos sentidos, el exponente más contemporáneo del oportunismo político peruano: un costeño que intenta ser serrano, un miembro del Congreso más desprestigiado de nuestra historia reciente y un personaje cuya estabilidad económica y patrimonial está íntimamente ligada a la burocracia estatal que dice cuestionar. Más que representar una renovación auténtica, encarna la adaptación permanente al clima político que mejor le permita sobrevivir.
Keiko Fujimori, en cambio, enfrenta otro tipo de carga histórica. A diferencia de procesos anteriores, llega hoy con una propuesta más estructurada, un equipo técnico definido y una experiencia política acumulada que —aunque muchas veces cuestionada— le otorga un conocimiento profundo del funcionamiento del Estado. En un contexto regional marcado por la inseguridad, el debilitamiento económico y la desconfianza institucional, la predictibilidad empieza a convertirse en un valor importante.
Pero hay además un elemento humano y político que diferencia esta candidatura de las anteriores. Keiko Fujimori parece haber asumido, finalmente, que ya no busca desprenderse del apellido Fujimori, sino convertirse plenamente en su heredera política. Hoy más que nunca quiere ser Fujimori. Y eso implica también cargar el costo completo de esa historia.
Ha pasado por dos prisiones preventivas, un divorcio, la muerte de sus padres, investigaciones interminables y una derrota política tras otra. Su figura sigue despertando resistencias profundas, pero también refleja la persistencia obstinada de alguien que ha perdido casi todo haciendo política y que parece ver en la presidencia la última estación de una larga travesía personal.
Es irresponsable ignorar que, frente a un escenario de enorme fragilidad política y económica, Fujimori ofrece hoy algo que Sánchez todavía no puede transmitir con claridad: gobernabilidad potencial, estructura partidaria y una visión relativamente consistente sobre seguridad, inversión y manejo económico.
El Perú atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. La delincuencia ha colonizado ciudades enteras, el crecimiento económico se desacelera, los servicios públicos se deterioran y las instituciones sobreviven con una legitimidad cada vez más frágil.
En medio de ese paisaje áspero, la elección exige algo más que consignas emocionales o pulsiones de revancha histórica. Exige serenidad. Porque gobernar no consiste únicamente en representar un descontento. Gobernar implica administrar un Estado complejo, sostener equilibrios democráticos, construir equipos competentes y tomar decisiones difíciles en medio de la tormenta.
Y en esa comparación concreta —más allá de simpatías o rechazos personales— Keiko Fujimori parece llegar mejor preparada para enfrentar el desafío inmediato que Roberto Sánchez.
El Perú vuelve, otra vez, a una elección límite. A una de esas jornadas donde el país no vota completamente esperanzado, sino intentando evitar un abismo mayor. Quizá esa sea nuestra tragedia política recurrente: elegir no entre el entusiasmo y la ilusión, sino entre el miedo y la incertidumbre.
Pero incluso en medio del cansancio democrático, la responsabilidad permanece. Y esta segunda vuelta obliga a mirar más allá de los símbolos, los resentimientos y las épicas partidarias. Obliga, sobre todo, a preguntarnos qué candidatura ofrece mayores posibilidades de estabilidad, institucionalidad y reconstrucción nacional.
Fuente: CanalB
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