Por Emilio Rossi Ferreyros, publicado en La Noticia
Cada vez que un peruano rompe la llanta de su auto por un hueco en la pista, ocurre algo revelador. Nadie se hace responsable. La municipalidad culpa a la ATU, la ATU al ministerio, el ministerio al presupuesto, y el presupuesto… desaparece. Ese pequeño episodio cotidiano resume el problema central del Perú: un Estado grande, caro y desordenado, que no cumple lo esencial.
El Perú no es un país pobre. Es un país empobrecido por la mala asignación de recursos, por la burocracia y por un modelo donde el dinero se queda en el camino y no llega a la gente.
Hoy el presupuesto público supera largamente los 250 mil millones de soles anuales. Es más de 30 veces lo que tenía el Estado peruano a inicios de los años noventa. Sin embargo, la calidad de los servicios básicos —salud, educación, seguridad, justicia— no ha mejorado en la misma proporción. ¿Dónde está el problema? No en la falta de dinero, sino en cómo se gasta.
Un Estado que hace mucho… y hace mal
El Estado peruano intenta hacerlo todo: construir, operar, contratar, fiscalizar, regular, producir, administrar empresas y, además, redistribuir. El resultado es previsible: ineficiencia, corrupción y frustración ciudadana.
Un Estado moderno debería concentrarse en cuatro funciones básicas: Seguridad, para que las personas vivan sin miedo.
Justicia, para que los contratos se cumplan y la ley sea igual para todos.
Reglas claras y estables, que permitan invertir y trabajar sin incertidumbre.
Garantizar una calidad de vida mínima a quienes están en pobreza, asegurando acceso real a salud, educación, vivienda, transporte y servicios básicos.
Todo lo demás —carreteras, obras, producción, servicios— puede y debe hacerlo el sector privado, bajo competencia y supervisión, porque lo hace mejor y a menor costo.
Menos burocracia, más gente
Hoy gran parte del gasto público se va en planillas, procesos, consultorías y compras mal hechas. El Estado ni siquiera compra bien: las contrataciones públicas están plagadas de sobrecostos, direccionamientos y corrupción. Y quienes más sufren eso no son los ricos, sino los más pobres, que dependen de servicios públicos que nunca llegan como deberían.
Por eso es momento de cambiar el enfoque: menos intermediarios, más personas. Una alternativa potente es el uso de vouchers. En lugar de que el Estado intente proveer directamente salud, educación o vivienda, puede entregar recursos directamente a las personas, para que ellas elijan dónde atenderse, estudiar o vivir. Así se reduce la corrupción, se mejora la calidad y se respeta la dignidad de la gente.
Crecer para recaudar mejor
Muchos creen que primero hay que recaudar más para luego crecer. La experiencia demuestra lo contrario: los países que crecen recaudan más sin subir impuestos. Cuando hay más empresas, más empleo y más competencia, hay más actividad económica y, por tanto, más ingresos fiscales.
El problema del Perú no es el “modelo económico”, sino los privilegios y las trabas que distorsionan el mercado. En la banca, por ejemplo, pese a que existen casi 20 entidades, el sistema está altamente concentrado en pocos actores protegidos por regulaciones que impiden competir. Lo mismo ocurre en otros sectores estratégicos.
No es el capitalismo lo que falla, sino el capitalismo de privilegios, donde algunos ganan gracias al Estado en lugar de competir por servir mejor a los ciudadanos.
El Perú no necesita más discursos ni más oficinas. Necesita un Estado más pequeño, más firme y mucho más humano.
(*) Candidato a diputado, número 4, por País para Todos.
Fuente: CanalB
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