Por Augusto Cáceres Viñas
El azar, no cabe duda, juega un papel muy importante en la vida de los seres humanos. Algunos sostienen que solo influye, pero no determina; otros, que sí lo hace. Es la vieja dialéctica entre el libre albedrío y el determinismo.
Más allá de esta discusión filosófica, el azar se manifiesta como un acontecimiento que nos coloca frente a circunstancias que no podemos controlar y cuyo resultado puede ser positivo o negativo.
Cuando uno nace, lo hace en un lugar y bajo condiciones que le son totalmente ajenas, pero que marcan de manera gravitante el curso de su vida.
Si naces de una madre y un padre que te han amado desde el momento en que fuiste concebido; si tu llegada al mundo es recibida con alegría y afecto; y si, más allá de las condiciones económicas o sociales, recibes amor, cuidado, ejemplo y educación desde la infancia hasta la adultez, tus posibilidades de desarrollo serán inmensamente mayores. Nada de eso estuvo en tus manos. Por eso muchos dicen, con razón: “Tuve la suerte de tener unos padres y una familia maravillosa”.
Si, por el contrario, tu llegada a este mundo se da en un entorno marcado por la ausencia de uno o ambos padres, donde el amor, el cuidado, el ejemplo y la educación fueron limitados o inexistentes, tus oportunidades serán objetivamente menores que las de quienes sí contaron con ese soporte esencial.
En este juego del azar intervienen múltiples factores que pueden potenciar o limitar el éxito futuro: nacer en un país desarrollado o en uno pobre; crecer en sociedades con sistemas educativos y de salud sólidos o precarios; vivir en contextos donde la salubridad es una garantía o una carencia cotidiana.
Nacer sano, sin enfermedades hereditarias o congénitas, es también un factor que no depende de uno. Cuando esto no ocurre, entran en juego nuevamente las condiciones del entorno: padres presentes o ausentes, recursos económicos suficientes o escasos, sistemas de salud avanzados o deficientes. En síntesis, la posibilidad de enfrentar con éxito una enfermedad heredada o congénita no depende de la voluntad individual, sino del azar. Nos guste o no.
Es cierto que existen personas que logran superar todos los obstáculos impuestos por la mala fortuna y alcanzan el éxito. Son ejemplos admirables, pero, precisamente por ello, excepcionales. Excepciones que confirman la regla.
Llegados a este punto, usted, amigo lector, podría preguntarse: ¿a qué viene esta larga reflexión?
Viene a que, en el Perú, la fortuna de quienes nacieron con condiciones favorables convive con el infortunio de millones que no las tuvieron, no por desidia, malas decisiones o acciones equivocadas, sino por la estructura misma de nuestra realidad nacional.
Más de diez millones de peruanos viven en pobreza, y cerca de un millón y medio en extrema pobreza. Millones habitan viviendas precarias, expuestos permanentemente a la enfermedad. Millones de niños menores de tres años padecen anemia, condenándolos desde temprano a un desarrollo cognitivo limitado, hipotecando su futuro y restringiendo sus posibilidades de libertad real, porque es el conocimiento el que nos hace verdaderamente libres. Sin él, se vive prisionero de la ignorancia hasta el final de los días. Es un hecho grave y estremecedor.
A ello se suma un Estado que, durante décadas, ha abdicado de su deber fundamental: administrar adecuadamente los recursos de la nación para garantizar servicios básicos y de calidad en salud, educación y seguridad. En ese contexto, quienes tuvieron el infortunio de nacer con múltiples carencias han visto severamente limitadas sus posibilidades de revertirlas y alcanzar prosperidad.
Frente a esta ausencia del Estado, la informalidad se ha convertido en el instrumento de supervivencia de millones de peruanos. El emprendimiento informal es, paradójicamente, una de las creaciones más extraordinarias de nuestro pueblo para no sucumbir al infortunio. Sin embargo, la magnitud de esta informalidad es también uno de los mayores obstáculos para el desarrollo colectivo, pues debilita al propio Estado, creando un círculo vicioso: un Estado incapaz de cumplir sus funciones y una sociedad donde cerca del 80 % no puede cumplir plenamente con sus obligaciones formales.
Esta reflexión no pretende resolver este complejo dilema estructural, sino llamar la atención sobre una responsabilidad ineludible: quienes hemos tenido la fortuna de alcanzar bienestar y éxito tenemos la obligación moral, personal y voluntaria de contribuir a aliviar el infortunio de millones de compatriotas.
En estas fechas, en las que recordamos el nacimiento de Jesús, conviene reflexionar sobre el profundo simbolismo de su llegada al mundo en las condiciones más humildes y adversas. No fue casualidad: fue un mensaje. Un compromiso radical con quienes viven en el infortunio y una interpelación directa a quienes gozan de la fortuna, para que se identifiquen con los más vulnerables y actúen en consecuencia.
La fortuna o el infortunio pueden ser obra del azar; cambiar esas circunstancias es obra del compromiso humano.
“Obras son amores y no buenas razones”. Este principio debería impulsarnos a trabajar sin descanso no solo por los nuestros, sino también por los demás.
No todos los afortunados son ricos o poderosos. La mayoría somos personas trabajadoras y esforzadas. Por ello, lo que aportemos no se mide únicamente en dinero, sino en acciones concretas: donar un día de trabajo; participar en obras comunitarias; ofrecer conocimientos profesionales —médicos atendiendo gratuitamente, abogados brindando asesoría legal, arquitectos diseñando viviendas dignas—; compartir experiencias de vida y acompañamiento humano. Todos conocemos algún lugar donde podemos servir.
Desear una “Feliz Navidad” puede ser un gesto vacío o un acto auténtico, dependiendo de cuánto estemos dispuestos a amar al prójimo como a nosotros mismos.
Un acto de amor no es decir te amo, sino dar ese amor de manera tangible a quien lo necesita.
Jesús vino a enseñarnos ese amor. No dudó en nacer en la pobreza ni en entregar su vida de la forma más dolorosa. No nos pide tanto: solo que el amor, la misericordia y el perdón que nos legó sean la guía permanente de nuestras vidas.
Fuente: CanalB
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