Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público
Cuando Jorge Basadre, uno de nuestros más lúcidos historiadores republicanos, publicó en 1931 su esclarecedor ensayo Perú: problema y posibilidad, realizó un recorrido profundo por nuestro pasado y llegó a una conclusión tan incómoda como vigente: la historia del Perú está compuesta por fragmentos desconectados entre sí y, para comprendernos como nación, es indispensable asociarlos, integrarlos y darles sentido.
Basadre no solo diagnosticó. También advirtió.
“La promesa de la vida peruana, sentida con tanta sinceridad, con tanta fe y con tanta abnegación por próceres y tribunos, ha sido a menudo estafada o pisoteada por la obra coincidente de tres grandes enemigos de ella: los Podridos, los Congelados y los Incendiados.
Los Podridos han prostituido y prostituyen palabras, conceptos, hechos e instituciones al servicio de sus medros, de sus granjerías, de sus instintos y de sus apasionamientos.
Los Congelados se han encerrado dentro de ellos mismos, no miran sino a quienes son sus iguales y a quienes son sus dependientes, considerando que nada más existe.
Los Incendiados se han quemado sin iluminar, se agitan sin construir.
Los Podridos han hecho y hacen todo lo posible para que este país sea una charca; los Congelados lo ven como un páramo; y los Incendiados quisieran prender explosivos y verter venenos para que surja una gigantesca fogata.
Toda la clave del futuro está allí: que el Perú escape del peligro de no ser sino una charca, de volverse un páramo o de convertirse en una gigantesca fogata. Que el Perú no se pierda por la obra o la inacción de los peruanos.”
Los hechos —de manera infausta, cruda y persistente— se han encargado de confirmar esta advertencia. Generación tras generación, los peruanos hemos sentido que la promesa de la vida peruana ha sido traicionada una y otra vez.
¿Y cuál era esa promesa?
La promesa de la vida peruana no fue una oferta material ni un espejismo económico. Fue, y sigue siendo, un ideal republicano: la construcción de un país libre, democrático, integrado y justo, donde todos los ciudadanos accedan a iguales derechos, deberes y oportunidades, superando la herencia colonial, las brechas sociales y el subdesarrollo.
Basadre lo expresó con claridad: el gran desafío del Perú era cerrar la brecha entre el país legal —las normas, las instituciones y las élites— y el país real o profundo, donde vive y sobrevive la mayoría de los peruanos. Mientras esa fractura persista, la República será solo una forma vacía.
Durante casi medio siglo, entre 1931 y 1979, Basadre insistió con vehemencia en estas ideas. Hoy, con tristeza e indignación, constatamos que esa reflexión se ha diluido, evaporado y prácticamente desaparecido de la conciencia nacional. Nos hemos negado a ser nación. Hemos renunciado a una identidad compartida y nos hemos conformado con ser ciudadanos únicamente por portar un DNI, abandonando la obligación mayor: construir ciudadanía.
Casi cien años después, seguimos secuestrados por los Podridos, los Congelados y los Incendiados. De ellos ha sido el Perú durante demasiado tiempo. La gran mayoría de peruanos, desconcertada y fatigada, se ha refugiado en la informalidad y ha sido progresivamente embrutecida por una tecnología que domina la vida cotidiana y evita el pensamiento crítico.
La tecnología, sin conocimiento ni educación para discernirla, no libera: encarcela. Se convierte en la prisión del pensamiento, gobernada por quienes controlan la información. Redes sociales que prometieron libertad hoy nos saturan de contenido vano, falso e inservible, anulando la capacidad de reflexionar, evaluar, decidir y actuar.
En paralelo, se ha conformado una antiélite que ha asaltado el Estado, capturado sus instituciones y manipulado las cúpulas sociales, fragmentando deliberadamente a la nación. La revolución industrial llegó tarde al Perú y nunca se consolidó. Las élites que gobernaron tras la independencia fueron tan ciegas, sordas y mudas como muchas de las actuales. Hoy, la revolución tecnológica nos impacta con igual fuerza, pero nuevamente somos incapaces de transformarla en desarrollo.
La razón es clara: el factor educativo —anclado aún en el siglo XIX— jamás cumplió su misión histórica. Capturada primero por grupos dominantes y luego por ideologías excluyentes, la educación peruana nunca logró formar ciudadanos libres en el conocimiento. Así, la revolución tecnológica, en lugar de ser palanca de progreso, se convirtió en una nueva cárcel mental.
A esta tragedia se suma una profunda crisis moral y ética. Los valores han dejado de importar, los principios estorban, la moral es ridiculizada y la ética parece inexistente. Vivimos en un fango espiritual. El Estado, secuestrado por esta costra basadrina, se ha convertido en enemigo del ciudadano: el Ejecutivo lo persigue, el Legislativo lo despoja y el sistema judicial lo intimida si desafía al poder.
Este es el triunfo de los Podridos, los Congelados y los Incendiados.
Pero no es todo. Desde hace más de tres décadas, la lucha sórdida entre los componentes de esa costra ha permitido que emerja lo peor: la criminalidad organizada, la pus social que hoy intenta dominar al propio Estado y convertirnos en un Estado criminal. Las economías ilegales avanzan, toman territorio y contaminan toda la estructura nacional.
Ahí está el problema del Perú.
Hemos abandonado el pensamiento ilustrado, renunciado a la formación de ciudadanos con conocimientos y competencias, pulverizado los principios, valores y la moral, y nos hemos refugiado en la informalidad y la evasión tecnológica. Nadie quiere pensar. Lo inmediato domina. El largo plazo no existe.
Ahí radica el problema.
¿Es, entonces, el Perú aún una promesa?
¿Sigue siendo una posibilidad?
La respuesta no está en el pasado ni en los culpables de siempre. Está en si somos capaces, finalmente, de asumir la República como un deber moral y no solo como una palabra.
Usted, ¿qué opina?
Fuente: CanalB
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