Opinión

La independencia inconclusa; por Augusto Cáceres Viñas

Publicado el 13 de julio de 2026

Por Augusto Cáceres Viñas, médico y gestor público


Cada 28 de julio recordamos con orgullo la proclamación de la independencia del Perú. Hemos aprendido a imaginar aquel 1821 como un momento de fervor patriótico, en el que todo el virreinato anhelaba romper las cadenas de España y recibir con entusiasmo al ejército libertador de José de San Martín.


Sin embargo, la historia fue bastante más compleja.


Quien estudie con detenimiento el proceso descubrirá que la independencia del Perú no comenzó en 1821, no terminó en 1824 y, en muchos sentidos, aún no ha concluido. Fue un largo proceso político, militar, social e ideológico que se inició décadas antes, atravesó la proclamación de San Martín, continuó con las campañas de Bolívar y, más de dos siglos después, sigue planteándonos desafíos que como nación todavía no hemos resuelto.


Los primeros signos del cambio


En 1780, la gran rebelión de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, sacudió profundamente los cimientos del orden virreinal. Aunque fue derrotada con enorme violencia, dejó al descubierto que el aparentemente sólido sistema colonial podía ser cuestionado.
Años después, un hecho ocurrido al otro lado del Atlántico cambiaría para siempre el destino de Hispanoamérica.


En 1808 Napoleón Bonaparte invadió España, obligó a abdicar a Fernando VII y produjo un enorme vacío de poder. Esa crisis dio origen a las Cortes de Cádiz, que en 1812 promulgaron una Constitución extraordinariamente avanzada para su tiempo. En ella se consagró el principio de la soberanía nacional y se limitó el poder absoluto del monarca mediante un régimen constitucional.


Aquellos acontecimientos transformaron profundamente el mundo hispánico.


Entre 1810 y 1821 México inició y culminó un largo y sangriento proceso de independencia.


En el Virreinato del Río de la Plata, el movimiento iniciado en 1810 condujo a la declaración de independencia en 1816, en un proceso eminentemente interno encabezado por líderes locales como José de San Martín.
Mientras tanto, el Perú siguió un camino distinto.


¿Por qué el Perú fue diferente?


En 1814 estalló la rebelión de los hermanos Angulo y de Mateo Pumacahua en el Cusco. Inspirada en las mismas ideas que recorrían América, fue rápidamente sofocada y nunca alcanzó una dimensión verdaderamente nacional.
¿Por qué el Perú no desarrolló un gran movimiento independentista interno como ocurrió en otras regiones de América?


Las razones fueron múltiples.


El Perú era el principal virreinato de España en Sudamérica y constituía el centro político, militar y económico del poder español en el continente. El virrey José Fernando de Abascal era un gobernante de extraordinaria capacidad y absoluta lealtad a la Corona. Durante años logró contener las revoluciones que estallaban alrededor del Perú.


Gran parte de la sociedad peruana —criollos, mestizos, indígenas y otros sectores— mantenía una importante identificación con la monarquía. Después de casi tres siglos de vida virreinal, España no era vista únicamente como una potencia extranjera, sino también como el orden político bajo el cual habían nacido varias generaciones.


A ello se sumaban razones económicas. El comercio peruano dependía ampliamente de España y existía un temor real de que la ruptura del vínculo colonial significara el colapso de la prosperidad alcanzada por el virreinato.


Otro factor decisivo fue el poder militar. El ejército realista asentado en el Perú era el más importante de Sudamérica y estaba integrado, en su inmensa mayoría, por soldados nacidos en territorio peruano.


Finalmente, permanecía muy vivo el recuerdo de la rebelión de Túpac Amaru II. Muchas élites temían que un nuevo levantamiento derivara en un escenario de violencia y desorden que destruyera el orden construido durante tres siglos.


Las ideas de la independencia


Nada de ello significa que el Perú careciera de pensamiento independentista.


Existió un brillante movimiento intelectual integrado por Toribio Rodríguez de Mendoza, Vicente Morales Duárez, José Baquíjano y Carrillo, Hipólito Unanue y muchos otros, quienes desde espacios como el Mercurio Peruano difundieron las ideas de la Ilustración y comenzaron a imaginar un Perú distinto.


Pero existía una pregunta que los independentistas nunca lograron responder de manera convincente para la inmensa mayoría de los habitantes del virreinato:
¿Qué significa realmente la independencia y cómo mejorará la vida de mi familia?


Las ideas de libertad entusiasmaron a las élites ilustradas, pero no consiguieron transformarse en un proyecto nacional capaz de movilizar a la mayoría de los peruanos.


Y cuando un proyecto político no logra convencer a la mayoría de un pueblo, difícilmente puede convertirse en una verdadera causa nacional.


La independencia del Perú


Para 1821 el escenario continental había cambiado radicalmente. El Perú se encontraba prácticamente rodeado por nuevos Estados independientes.


En ese contexto llegó la Expedición Libertadora al mando de José de San Martín, integrada principalmente por soldados argentinos, chilenos y otros contingentes sudamericanos.


La independencia peruana no fue el resultado exclusivo de una revolución militar nacida dentro del propio virreinato, sino la culminación de un proceso continental al que posteriormente se sumó la decisiva campaña de Simón Bolívar, consolidada en Junín y Ayacucho.
Este hecho histórico no disminuye el valor de la independencia; simplemente obliga a comprenderla con mayor profundidad.


Mientras el ejército libertador era mayoritariamente extranjero, buena parte del ejército realista estaba conformado por peruanos.


Más que una guerra entre españoles y peruanos, fue una guerra entre proyectos políticos distintos en la que miles de peruanos combatieron en ambos bandos.


La independencia inconclusa


Después de Ayacucho no llegó inmediatamente la estabilidad.


Vinieron décadas de caudillismo, golpes de Estado, guerras civiles y el llamado Primer Militarismo.


La República nació libre, pero no logró convertirse desde el inicio en un verdadero proyecto nacional compartido por todos los peruanos.


La independencia fue una extraordinaria conquista política. Nos dio soberanía, nos permitió decidir nuestro destino y abrió el camino hacia la libertad.


Lo que quedó inconcluso fue la tarea de convertir esa independencia en una causa común de todos los peruanos.


Las élites ilustradas comprendieron antes que nadie la necesidad de emanciparse de España, pero no lograron incorporar plenamente al conjunto de la sociedad en aquel gran proyecto histórico.


No basta con proclamar la libertad.


Es indispensable convencer a un pueblo de que esa libertad también le pertenece.


La Peruanidad: la independencia que aún nos falta conquistar


Después de más de dos siglos, la gran pregunta sigue siendo la misma: ¿hemos concluido realmente nuestra independencia?


La respuesta es que todavía no.


La independencia política se alcanzó cuando dejamos de depender de la Corona española. La independencia jurídica nació con la República. Pero aún permanece pendiente una independencia más profunda: la independencia de nuestra conciencia nacional.


No existe verdadera libertad cuando un pueblo desconoce quién es, de dónde viene y hacia dónde quiere dirigirse. No existe auténtica soberanía cuando una nación pierde la confianza en sí misma, vive enfrentada entre hermanos o renuncia a construir un destino común.


Nuestra generación ya no está llamada a expulsar ejércitos extranjeros. Está llamada a conquistar la independencia del pesimismo, del resentimiento, de la corrupción, del caudillismo y de la permanente costumbre de creer que el Perú está condenado al fracaso.


Y esa tarea solo puede realizarse recuperando aquello que durante demasiado tiempo hemos olvidado: la Peruanidad.


La Peruanidad es la conciencia de pertenecer a una continuidad histórica de más de cinco mil años, iniciada en Caral y enriquecida por Chavín, Paracas, Nazca, Moche, Wari, Tiahuanaco, Chimú e Incas; continuada con el extraordinario aporte de la Hispanidad, el legado africano, las migraciones europeas y asiáticas y consolidada durante la República.


No somos un país nacido en 1821.


Somos una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad que decidió convertirse en República.


Esa comprensión cambia nuestra manera de mirar el pasado y, sobre todo, nuestra forma de construir el futuro.
Si nuestros antepasados fueron capaces de crear una de las civilizaciones más extraordinarias del mundo y de sintetizar m

iles de años de desarrollo cultural en el Tahuantinsuyo, ¿qué razón existe para pensar que nosotros no podemos construir el gran Perú del siglo XXI?


Ninguna.


La verdadera independencia será aquella en la que todos los peruanos, sin importar su origen, condición económica, ideología, religión o lugar de nacimiento, se reconozcan como parte de una misma historia y de un mismo destino.


Ese es el verdadero sentido de la Peruanidad.


No pretende borrar nuestras diferencias.


Pretende darles un propósito común.


Un nuevo compromiso con el Perú


Celebrar el 28 de julio debe ser mucho más que recordar una fecha histórica.


Debe ser renovar un compromiso con el Perú.


Debe ser el momento de tender la mano al adversario político, de escuchar a quien piensa distinto y de comprender que el país solo avanzará cuando dejemos de preguntarnos quién tiene la razón y empecemos a preguntarnos qué necesita el Perú.


El compromiso con la patria no es un acto solitario ni una ceremonia anual.


Es una decisión cotidiana.


Es una responsabilidad compartida.


Es una misión que pertenece a todos.


La independencia nos dio un Estado.


La Peruanidad debe darnos una Nación plenamente consciente de sí misma.


Solo entonces podremos afirmar que la independencia iniciada hace más de dos siglos habrá alcanzado su verdadero propósito.


Porque creer en el Perú no significa ignorar sus problemas.


Significa conocer nuestra historia, comprender nuestro presente y trabajar unidos para construir nuestro futuro.


Ese es el desafío de nuestra generación.


Esa es la independencia que aún nos falta conquistar.


¿Y tú, crees en el Perú?

 

 

 

Fuente: CanalB

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